Silencio. Comemos sin decir una palabra. La tele está apagada; hace días que no se enciende. Si me concentro oigo alguna conversación de los viandantes que pasan bajo la ventana más allá del sonido de los cubiertos sobre el plato. Fuera hace un día precioso, hoy por fin me he atrevido a venir sin chaqueta, con los brazos al sol, las ventanas del coche abiertas y zapatillas de lona fina. Pero aquí dentro hace frío. Se me pone la piel de gallina y me arropo un poco más con la falda camilla que aún no han quitado de la mesa donde comemos. Mi abuelo y yo estamos sentados uno frente al otro; el come muy rápido, como si le faltara el tiempo, apenas saborea y apenas me mira, no tiene tiempo para ninguna de las dos cosas. Quizá lo que no tiene son ganas, debe ser eso, que ni la comida ni las conversaciones le hacen sentir algo. Parece más pequeño que hace unos meses, como si la vejez se le hubiera aposentado en los hombros. Como si los recuerdos tiraran de él hacia la tierra. Es como si cada día estuviera más tentado de tumbarse y no volverse a levantar; todo en él se ha rendido a la gravedad. Entonces se oye un murmullo lejano, una queja, una súplica, y ambos nos miramos a través de una jarra de agua que distorsiona nuestras facciones y antes de que yo diga nada, mi abuelo, con todos sus huesos crujiendo y un suspiro en la garganta, se pone en pie, encorvado todo él y se dirije hacia su cuarto, donde su esposa, mi abuela, descansa sin hacer nada más que esperar a la muerte. Antes de que desaparezca por la puerta del comedor le ofrezco ir yo en su lugar, niega con la cabeza y se encamina por ese pasillo oscuro, que se hace tan largo cuando vas a verla a ella. Largo, opresivo, estrecho. Cuando vuelve me doy cuenta de que no me he llevado nada a la boca mientras le esperaba. -Sólo quería verme, decirme que me quiere. Dice él casi sin mirarme y se sienta a pelar su naranja, el jugo llenádole las arrugas de las manos. Miro mi plato y ya no tengo ganas de seguir comiendo. Antes de irme voy a dar un beso a mi abuela, que está más dormida que despierta, más lejos de mí que nunca, en algún sitio a donde su mente le lleva y pocas veces le deja volver. Me mira, tiene los ojos vidriosos y la boca seca, entreabierta. Una mano asoma bajo la sábana y la agarro. Está helada. Le doy un beso en la frente y aspiro su olor, un olor que ya no reconozco; huele a medicina; huele a enfermedad. No puedo evitar reprimir un pensamiento: odio como huele ahora. Cierro la puerta tras de mí y entro en la realidad, donde la gente charla por el móvil, los coches pitan y nadie huele a medicina. El viernes que viene volverá el silencio.
