Hoy, de repente, he recordado una de las mayores felicidades de mi infancia: el día que abría la hucha.
Mi abuelo tenía como tradición conmigo llenar una hucha durante un año entero y el día que tocaba abrirla me llevaba de paseo por las tiendas para comprar lo que yo desease. Ese era un día maravilloso.
Me ha llenado tanto el recuerdo que he decidido volver a empezar la tracidión y ni corta ni perezosa me he dirigido a un chino (de esos que hay por todas partes y en todas las ciudades) para comprar una hucha de lata, no muy bonita pero tampoco para tirarle piedras, y sois testigos de mi comienzo.
¡Mi abuelo estará orgulloso de mí!
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